‘El cuervo en el campanario’, cuento de Pablo MartÃnez ganador del Café de las Letras edición 2022
21-11-2022 18:07 |
Organizado por el Círculo de Escritores “Emma Jonas”, el 11 de noviembre se llevó a cabo en el Centro de Empleados de Comercio una nueva edición del denominado Café de las Letras. En esta oportunidad el cuento que obtuvo el primer premio por parte del jurado fue “El cuervo en el campanario”, del licenciado Pablo Enrique Martínez. Compartimos a continuación la obra literaria ganadora del evento, acercada por el autor a Hendersonline.
Estimados responsables de Hendersonline. Como cada vez que el Círculo De Escritores de Henderson, en el Café Literario me honró con algún premio he compartudo en su medio dicho escrito, ya que los aprendices de escritores/as, creo que escribimos para ser leídos/as. Espero disfruten su lectura de este 1er. Premio 2022, como yo al escribirlo. Muchas Gracias.
Lic. Pablo E. Martínez
El cuervo en el campanario
No eran buenos tiempos para el párroco y la fe de aquel lugar.
Las palomas habían avanzado sobre la iglesia. El campanario era un sólo sonido de graznidos.
Los bancos se habían transformado en sus nidos donde daban de comer a sus pichones. Las imágenes de los santos y las santas ya no se distinguían entre tantas plumas
Las campanas no se podían usar, por temor a dañarlas, por la misericordiosa ley de Dios y San Francisco de Asís de cuidar a las criaturas del universo, por ser ellas la imagen del Espíritu Santo y también quienes le anunciaron a Noé el fin del diluvio Universal, luego que las soltara y regresaran con una rama de olivo en el pico. El diluvio había terminado.
De esa manera ya no sonaba el hierro que convocaba día a día a los fieles, lo que fue dejando a la Iglesia cada vez más silenciosa, fría y vacía.
En los mercados y en los bares hablaban de las bendiciones de estas aves que mencionaban los relatos bíblicos. Desde la llegada de aquel párroco, se habían adueñado de ese espacio de oraciones. Ahora todo parecía más bien una maldición.
Había varias líneas de conjeturas, hipótesis, deducciones y conspiraciones.
Pilú, hijo de la segunda mitad del siglo XX, había proyectado una serie de ideas. Formado en la lectura de la biblia en su juventud –el mandato familiar era el de convertirse en un pastor-, se encontraba fascinado por aquel hecho que lo desvelaba.
Respecto a aquella irrupción se lo escuchaba recitar con su voz ronca en plazas, calles, veredas, jardines, corrales, talleres, también a los albañiles construyendo sus casas, a los herreros en el trabajo de su fragua: “...En algún apartado rincón del universo, hubo un momento en la historia que animales astutos inventaron el conocimiento hacia estas aves. Fue el minuto más soberbio y más mentiroso de la historia, pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Creemos conocer, como discípulos de aquellos animales astutos, el porqué de esta intrusión en la casa del Señor. Pero no conocemos nada. Porque no sabemos nada de la esencia de las palomas, ni de esta invasión, ni del sacerdote y su iglesia. Creo sin temor a equivocarme que hemos matado a Dios con nuestra insolente esperanza en el conocimiento de las cosas”
Delfor, quien había pasado a la historia de aquel terruño por haber sido el único policía en no morir representando la ficción de Juan Moreira, ante los hechos de gravedad que se sucedían cotidianamente por la incursión de aves a la parroquia, le confesó a Rogelio, en un bar frente al lago sin agua, mientras acariciaba sus finos bigotes Dalinianos: “¿se desea conocer realmente lo que sucede con este hecho que tiene en vilo a creyentes y no creyentes, a ricos y pobres, a fuertes y débiles, a hombres y mujeres?¿o se desea las consecuencias agradables de una verdad?¿o es indiferente saberla?¿No está el vecino de este pueblo hostilmente predispuesto contra las verdades que puedan tener efectos perjudiciales y destructivos para su vida y la de su familia?. Y además ¿qué sucede cuando nombramos a las cosas, como las palomas? ¿Concuerdan los nombres y las cosas? ¿Es lo que comentan hasta las chusmas de barrio lo que sucede verdaderamente con este hecho donde la naturaleza pone en jaque la fe, nuestras creencias nos impiden orar en nuestro hogar sagrado, ya que ni un padrenuestro podemos rezar en nuestro templo y enterramos a nuestros muertos sin permitir que salven sus almas pues nadie los moja con la sagrada agua, ritual que nos acompaña desde Juan el Bautista en los cauces del Jordán? Uno a uno en este pueblo, debería dejar de hablar de este tema. Debemos de combatir a esta invasión con la ceguera y el olvido. Lo que no se dice no existe. Sólo mediante el olvido de las palabras invasión y palomas, sólo mediante el olvido de esas imágenes que surgen de nuestra originaria capacidad de la fantasía espantaremos estas aves.
Esa teoría puede funcionar también -acotó Rogelio- de manera inversa. El cura debe comunicar que la invasión pasó, aunque no sea verdad. Él tiene el poder para cambiar esta realidad con palabras.
Tono, el carnicero, había girado a posiciones extremas del pensamiento y escribió en una pared con una brocha y sangre de toro: “Exigir de la fuerza que no se manifieste como fuerza, exigir a las palomas que no invadan la iglesia, es tan absurdo como pedir que el chinchulín se convierta en molleja. La acción lo es todo. Como mi cuchilla y la sierra cortando la res. Tomemos nuestras hondas, piedras y nuestros rifles y emprendamos la guerra contra las palomas. ¿O el hombre ha muerto? Y lo único que nos resta por hacer es acostumbrarnos a ver nuestro templo invadido.
No podemos dejar la limpieza de estos animales en manos de Dios, él ya tiene mucho trabajo para ayudarnos en acciones que corresponden a los humanos. Seamos fuertes. No les ofrezcamos nuestras cabezas a estas palomas para que nos sigan defecando. No caigamos en la debilidad de la piedad, de nuestros textos bíblicos ni de la historia. De esta manera nunca más podremos orar en nuestra morada santa y no podremos salvar nuestras almas. Todos aquí sabemos que somos un pueblo de pecadores.
Al otro día un cuervo apareció colgado en el campanario, chorreando la poca sangre que le quedaba luego del degüello. Y las palomas se habían marchado. Algunos vieron en esta imagen el final del cura. Otros que las fuerzas del mal, o del bien según sus creencias, habían enviado aquel negro animal a resignar su vida por la fe de la comunidad.
No muy lejos de allí, en una pequeña chacra una mujer de unos 60 años limpiaba en el agua fresca de la bomba una cuchilla, sus manos y sus vestidos de un líquido viscoso, rojo, muy parecido a la sangre.
Coju