¿Mi plata no vale?
En su simultánea etapa de camionero y albañil, el hombre había viajado a Santa Fe, más precisamente a Rosario, con el chasis y acoplado cargado de planchas para tapiales (la confección de las mismas era su especialidad). Debía entregarlas en un corralón de materiales cuyo dueño se las había encargado.
De paso iba a aprovechar para pasar por una concesionaria y comprar esa F100 que había visto y por la que había hecho una entrega de efectivo en su anterior viaje. La camioneta no era 0km, pero sí unos cuantos modelos más nuevos que la que él tenía. Con lo que iba a cobrar por las planchas le alcanzaba para pagar el resto. Había llevado a un amigo para que volviera manejando la chata.
Grande fue la sorpresa de Juan Carlos, tal su nombre, cuando al llegar al corralón de materiales lo encontró cerrado, por duelo. Insultó en todos los idiomas y colores, despotricó contra el dueño del lugar porque, al menos, podría haberle avisado del luto. Lo llamó varias veces por teléfono pero fue en vano. Se agarró un rosquete… Y después hizo un minuto de silencio. Sí, porque, ante todo, Juanca es muy respetuoso.
Resignado y bien cabrero se subió al camión con todo el arsenal de planchas y rumbeó para la concesionaria de autos. En todo el trayecto su amigo acompañante no se animó a decirle una palabra porque, conocedor del temperamento del hombre, temió, por lo menos, tener que volverse de Rosario a Henderson caminando.
Una vez cara a cara con el propietario de la concesionaria, Juan Carlos le explicó lo sucedido. Le pidió disculpas y luego por favor, pero aquél no quería saber nada: la entrega que había hecho el camionero no se devolvía, y si no saldaba el resto de la deuda en ese instante, se quedaba sin la plata y sin la F100.
Viendo que nuestro paisano estaba prácticamente al borde de las lágrimas, el concesionario trató de calmarlo y le preguntó si no podía saldar el resto del vehículo con otras formas de pago, como, por ejemplo, cheques o tarjeta de crédito.
Juan Carlos sintió que no todo estaba perdido; le volvió el alma al cuerpo, sus ojos recuperaron el brillo y las manos dejaron de transpirarles. Se rascó la cabeza, luego la pera, levantó la vista, miró al dueño de la concesionaria y le preguntó: “¿Te la puedo pagar con planchas”?
Los esperamos la semana que viene y, como siempre, los invitamos a enviar sus anécdotas a info@hendersonline.com.ar Recuerden que si son graciosas, mejor.